365 Tao #24, 25 de Julio: Risa
*Risa*
Accidentado sendero aldeano,
Soleados muros encalados,
Mar azul profundo.
La risa de un niño.
No importa a qué lugar del mundo vayas, no importa cuántas lenguas sean habladas, y no importa cuántas veces las culturas y los gobiernos entren en conflicto, la risa de un niño es universalmente levantadora de ánimos. El regocijo de los adultos puede ser variadamente celoso, inseguro, sádico, cruel o absurdo, pero el sonido de un niño jugando evoca el ideal de un acto simple y puro. Ahí no hay conceptos, ni ideologías –sólo el inocente placer de la vida.
Como adultos nos detenemos demasiado en nuestras lloriqueadas complejidades, nuestras ansiedades existenciales, y nuestras preocupaciones con las responsabilidades. Escuchamos la alegría de un niño y podríamos suspirar por nuestra perdida niñez. Aunque no podamos caber en nuestras viejas ropas y volvernos jóvenes otra vez, podemos confortarnos con el optimismo de los niños. Su júbilo puede alegrarnos a todos.
Demasiado frecuentemente nos apura que nuestros niños crezcan. Es mucho mejor para ellos el vivir completamente cada año de sus vidas. Dejémoslos aprender qué es apropiado a su momento, dejémoslos jugar. Y cuando su niñez se acabe en la adolescencia, ayudémoslos a una suave transición. Entonces su risa continuará resonando con ánimo y esperanza para todos nosotros.
Accidentado sendero aldeano,
Soleados muros encalados,
Mar azul profundo.
La risa de un niño.
No importa a qué lugar del mundo vayas, no importa cuántas lenguas sean habladas, y no importa cuántas veces las culturas y los gobiernos entren en conflicto, la risa de un niño es universalmente levantadora de ánimos. El regocijo de los adultos puede ser variadamente celoso, inseguro, sádico, cruel o absurdo, pero el sonido de un niño jugando evoca el ideal de un acto simple y puro. Ahí no hay conceptos, ni ideologías –sólo el inocente placer de la vida.
Como adultos nos detenemos demasiado en nuestras lloriqueadas complejidades, nuestras ansiedades existenciales, y nuestras preocupaciones con las responsabilidades. Escuchamos la alegría de un niño y podríamos suspirar por nuestra perdida niñez. Aunque no podamos caber en nuestras viejas ropas y volvernos jóvenes otra vez, podemos confortarnos con el optimismo de los niños. Su júbilo puede alegrarnos a todos.
Demasiado frecuentemente nos apura que nuestros niños crezcan. Es mucho mejor para ellos el vivir completamente cada año de sus vidas. Dejémoslos aprender qué es apropiado a su momento, dejémoslos jugar. Y cuando su niñez se acabe en la adolescencia, ayudémoslos a una suave transición. Entonces su risa continuará resonando con ánimo y esperanza para todos nosotros.
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